Carl Honoré nos invita a aliviar la presión sobre nuestros hijos

Publicado en Integral en marzo de 2009

Carl Honoré

Carl Honoré

Una mujer de Madrid que contrató a tres canguros para su hijo de 2 años (una le hablaba en inglés, otra en francés y la tercera, en mandarín); una pareja de Nueva York que demandó a la escuela privada de su pequeño cuando se enteraron de que no le habían incluido en la clase para músicos “dotados”… Son algunos de los casos más surrealistas con los que se ha topado Carl Honoré a la hora de escribir su nuevo libro, Bajo presión (Ed. RBA). Para escribirlo, el periodista escocés se pasó dos años viajando por toda Europa, América y Asia y entrevistándose con cientos de expertos y padres con el fin de analizar la situación de la infancia en la actualidad. Todo empezó en una reunión de padres en la escuela de su hijo, cuando la profesora de Arte lo definió como “un joven artista superdotado”. Aquella misma noche, Carl buscó en internet cursos y profesores particulares para potenciar el don del niño. Lo que no se esperaba era la reacción del futuro Picasso de 7 años: “Papá, yo no quiero un profesor particular, sólo quiero dibujar. ¿Por qué los adultos tienen que controlarlo todo?”.

Usted intentando decidir por su hijo y resulta que él tiene más criterio.

Fue un momento de shock, un grito de alarma para el sistema, y también una terrible ironía. Ahí estaba yo, el autor de un libro llamado “Elogio de la lentitud”, que va sobre dejar que las cosas pasen a su propia velocidad, intentando acelerar el desarrollo artístico de mi hijo. Me sentí avergonzado y decepcionado de mí mismo. Hoy en día es muy fácil como padre dejarse llevar por la competencia. El resultado es que nuestro noble y natural instinto de hacer lo mejor por nuestros hijos llega demasiado lejos y roza la caricatura. Pero es una manera errónea de enfocar la infancia y los niños lo saben, por eso es tan importante escucharlos. Doy gracias a mi hijo mayor por impedirme llegar tan lejos. Sin duda, ¡me pedirá una parte de los derechos de autor del libro!

Después de leer el libro, te quedas con la impresión de que lo estamos haciendo realmente mal con la infancia.

La verdad es que mi intención nunca fue hacer que la gente, especialmente los padres, se sintieran peor de lo que nosotros mismos nos hacemos sentir. Como padre de dos hijos, sé lo duro que es, y lo último que necesitamos es que alguien venga y nos haga sentir más fracasados. Naturalmente, tenía que mostrar en qué nos estamos equivocando como cultura, pero hay que admitir que también estamos haciendo algunas cosas realmente bien. Por ejemplo, doy la bienvenida a la forma en que la familia ha sido democratizada y se ha vuelto más informal, menos rígida entre sus miembros. Ha ocurrido en España y en muchos otros sitios. Ahora los padres están más involucrados en la educación infantil que nunca. Es sensacional.

¿En qué nos hemos equivocado?

Uno de los problemas centrales hoy en día es que los padres han perdido su confianza. Dudamos de todo lo que hacemos y a menudo nos sentimos fracasados, por eso nos hemos vuelto adictos a los libros de paternidad y a los consejos de gurús. Como padres, conocemos a nuestros hijos mejor que nadie, así que el mejor camino es confiar en nuestros instintos. Escribí “Bajo presión” para dar a los lectores confianza para descartar la presión paritaria y el ruido confuso que nos llega a través de la industria de los consejos sobre la paternidad y de los medios de comunicación, y encontrar así el equilibrio que más conviene a la propia familia.

¿A qué se debe que estemos más preocupados por nuestros hijos en el presente que en cualquier otro momento de la historia?

A múltiples factores. Por ejemplo, que las familias sean más pequeñas que nunca implica que tenemos más tiempo para invertir en cada niño. Menos niños en una familia requiere una inversión genética más grande por niño, lo cual nos hace estar más ansiosos. Porque hay una gran diferencia psicológica entre tener nueve hijos y uno. El hecho de que los tengamos más tarde que nunca en la vida también aumenta nuestra ansiedad. Una mujer que tiene su primer hijo –y quizás el único– a los 39 años estará mucho más preocupada y será más intervencionista que una que lo tiene a los 19 años. Por otra parte, tener hijos más tarde también significa que llegamos a la paternidad después de muchos años en el puesto de trabajo y hacemos en casa lo mismo que en la oficina: gastamos mucho dinero y tratamos con muchos expertos. En otras palabras, estamos profesionalizando la paternidad. El mundo es más competitivo hoy en día y esto aumenta la sensación de que tenemos que proteger a nuestros niños con una energía sobrehumana para equiparlos para el mundo moderno. El aumento del consumismo, además, ha creado una cultura perfeccionista donde esperamos que todo sea perfecto: dientes perfectos, cuerpo perfecto, casa perfecta, vacaciones perfectas… y un niño perfecto para el retrato. Estamos en la era del niño dirigido y todos, desde el Estado hasta la publicidad, hacen planes en relación con la infancia.

¿Qué hay de malo en prestarles un poco de atención?

Claro que tenemos que prestar mucha atención a los niños, pero parte de la atención que se ha dirigido sobre la última generación es positiva y parte, no.

Dudo mucho de que la mayoría de las compañías que venden productos a los niños lo hagan porque quieren que su vida sea mejor. Seamos sinceros, venden por dinero. Está muy bien que se dedique tanto dinero, tiempo y energía a educar a los niños, el problema es que todo ese esfuerzo no se está poniendo en la dirección correcta. En la mayoría de países, los sistemas educativos siguen el modelo del siglo XIX: llene a los niños con información y póngales a prueba una y otra vez. Es completamente inútil en la economía del conocimiento del siglo XXI. Necesitamos escuelas que cultiven la creatividad.

Para el año 2020, las enfermedades mentales serán una de las principales causas de mortalidad o discapacidad en jóvenes.

¿No será que antes no las detectábamos?

Estoy seguro de que los niños siempre han sufrido enfermedades mentales, algunas de ellas genéticas, otras provocadas por negligencia, malos tratos u otras presiones externas. Pero el mundo moderno parece que tenga una habilidad especial para hacer que la gente, tanto niños como adultos, enfermen mentalmente. Las estadísticas hablan por sí mismas. Y luego está la cuestión del tratamiento que le damos a la enfermedad mental. Antes que atacar la raíz del problema, optamos por la vía rápida, la medicación. Cuando una sociedad comienza a jugar con la química del cerebro de sus niños, es una señal muy clara de que ha perdido su camino.

En el libro dice que uno de los motivos de que haya niños sobreocupados es la irrupción de la madre trabajadora.

Ser madre trabajadora definitivamente no es el factor universal. En mi vecindario de Londres, muchas mujeres dejan de trabajar cuando tienen hijos y, no obstante, los matriculan en centenares de actividades organizadas. Pienso que ya no valoramos cosas que son simples, como que los niños jueguen libremente en su propio parque. Sentimos que todo se tiene que estructurar, supervisar, organizar y presupuestar en forma de dinero.

¿Cómo resolver el problema?

Para muchas familias una manera es trabajar menos para tener más tiempo libre, pero no siempre es posible. Para mí, una solución sería organizar el juego

inorganizado. Suena como una paradoja, y lo es, pero puede funcionar. Así, se podría organizar que el niño vaya por la tarde a jugar al parque con otros niños. Habría adultos supervisando, pero se quedarían al margen y permitirían a los niños jugar libremente como hacían antes de la explosión de todas estas actividades altamente programadas.

¿Es negativo decir a los niños lo guapos y lo listos que son?

El amor propio es importante, pero ponemos demasiado énfasis en ello. Y falla. La investigación muestra claramente que cuando a los niños se les dice constantemente lo maravillosos que son y nunca son criticados, entonces su amor propio se puede convertir en una prisión. El niño tiene miedo de tomar riesgos por si su imagen perfecta queda deslustrada y es menos capaz de aceptar la crítica y el consejo. Se vuelve más ansioso y se paraliza. Alabar a un niño sólo por su habilidad puede fallar a la larga. Cuando la cosa se pone dura, es más probable que se rinda, creyendo que su talento innato ha llegado a sus límites y no puede ir más lejos. Pero un niño que ha sido alabado por su esfuerzo tiene más herramientas para cambiar cuando las cosas se vienen abajo; puede trabajar más duro.

¿No cree que todas las generaciones han presionado a sus hijos?

Naturalmente. Lo que ha cambiado es el tipo de presión y su intensidad. Hoy se espera que los niños sean perfectos en todos los ámbitos y que nos hagan felices como padres. Por otro lado, la presión de los medios de comunicación para estar a la altura de un cierto ideal también es más fuerte que antes.

Antes, nuestros padres nos dejaban campar a nuestras anchas, pero en la actualidad esa misma actitud se considera una negligencia. Algunos sectores de la sociedad tienen un interés inalienable en poner en el punto de mira, o incluso en exagerar, los peligros con los que los niños se enfrentan en la vida diaria. Esto incluye a las empresas que venden productos de seguridad infantil –piensa en las gafas de sol para proteger a los pequeños de los rayos UVA–, a las burocracias de la salud que tienen presupuestos que justificar y a grupos de abogados con un mensaje que vender. El auge de una cultura de medios de comunicación de 24 horas es otro factor. Con tantas páginas y tantos minutos de antena que llenar, los editores se pasan el día buscando historias, y nada llama más la atención que un reportaje sobre algo horrible que le ha pasado a un niño. Aunque los delitos de pedofilia no han aumentado durante los últimos 20 años, la cobertura que le han dedicado ha crecido muy rápidamente. Apenas puedes abrir un diario o poner las noticias de la tele sin pillar un informe morboso sobre un delito sexual infantil que completan con secuencias desgarradoras de la víctima.

Critica el sobrecargo de estímulos, pero ¿cómo sería una educación lenta?

Tenemos que aceptar que “más rápido no siempre es mejor” y que los niños aprenden mejor las cosas cuando están en la etapa de desarrollo adecuada. Les dejaría jugar libremente a juegos con los que puedan explorar el mundo a su propia velocidad y según sus propios intereses. Entendería que todos los niños son diferentes y que los sistemas de educación necesitan ser flexibles. La educación lenta significa asumir que el aprendizaje más rico y más creativo, a menudo, es imposible de medir. Tenemos que quitarnos la obsesión de contabilizarlo todo porque es absurdo reducir el rendimiento de un niño a un único número: 8,2 en Matemáticas, 7,8 en Inglés, 8,5 en Ciencias…

MENSAJE PARA PADRES ESTRESADOS

El primer paso es tomar un descanso colectivo para entender que se está tratando mal a muchos niños. En opinión de Honoré, “no se trata de culpabilizar o demonizar a los padres, sino de que empiecen a preguntarse si la vida en familia que tienen ahora es la que quieren. ¿Demasiado estresado? ¿Demasiado preocupado?”. Y entonces, empezar a hablar de los cambios que hay que hacer para que los niños sean más felices y prósperos, lo cual revierte en uno mismo. “La paternidad no es un desarrollo de producto o un deporte de competición. Es un viaje de descubrimiento. Y se disfrutará mucho más si se vive con este espíritu. El mensaje básico es que, a veces, menos es más; un mensaje que padres estresados y exhaustos están deseando escuchar”.

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