Los bebés y la música

Publicado en Little Che en abril de 2009

 

Muchas embarazadas lo hacen. Se ponen unos auriculares en su prominente barriga y dejan que las notas de Mozart fluyan libremente en su interior para estimular precozmente a su hijo y convertirlo en un genio de la música. Si el futuro bebé pudiera hablar, seguro que le diría: “¿Pero qué haces, mamá? ¡Si yo ya sé música!”. Lejos de ser una exageración, está suficientemente demostrado que el ser humano tiene una fuerte predisposición para la música incluso meses antes de haber nacido. Es decir, no se necesita experiencia.

La mayoría de expertos coinciden en señalar que la música, que está presente en todas las culturas, juega un papel decisivo en el desarrollo del individuo. Y tiene utilidades que van más allá: manejar bien el ritmo, por ejemplo, ayuda a la gente a descubrir cuál es el momento ideal para contestar o intervenir en una conversación. Hasta hace poco no se habían estudiado estas capacidades en bebés, pero ahora los avances tecnológicos están facilitando mucho el trabajo.

Utilizando el encefalograma, un grupo de neurocientíficos y técnicos musicales ha podido registrar la actividad eléctrica del cerebro de recién nacidos y concluir que tenían sensibilidad para distinguir tonos. Se trata de EmCAP (siglas de Emergent Cognition Through Active Perception), un proyecto de investigación europeo desarrollado entre 2005 y 2008. El experimento consistió en poner música a los bebés, en concreto, secuencias tonales simples, para saber a qué tipo de patrones eran sensibles. Los pequeños, que la mayor parte del tiempo estaban dormidos, fueron capaces de predecir qué tono o secuencia sería la siguiente basándose en las que habían escuchado hasta el momento. Conocer el procesamiento cerebral de la música puede ser útil para desarrollar nuevos tratamientos para problemas de audición.

Pero no sólo nacemos con capacidad para seguir el tono, sino con sentido del ritmo. Según el estudio de un grupo de investigadores de Hungría y de los Países Bajos, éste se desarrolla en el útero materno aproximadamente tres meses antes de nacer, por increíble que parezca. Por eso, nada más venir al mundo, los bebés son capaces de seguir y distinguir las melodías, cosa que no puede hacer ningún otro mamífero. Dar palmadas, bailar en concordancia con los sonidos que escuchamos o sincronizar los comportamientos con los ritmos son acciones específicas del ser humano.

La música puede ayudarnos a cambiar las pulsaciones del corazón, nuestro ritmo de respiración, la presión sanguínea, el pulso, las ondas cerebrales, las respuestas de la piel y los niveles de sustancias neuroquímicas relacionadas con nuestra forma de enfrentarnos al mundo con un determinado estado de ánimo. Es la conclusión del estudio “Life Soundtrack”, realizado por el neurocientífico Daniel J. Levitin para Philips, que afirma que si somos capaces de crear una “banda sonora” para nuestra vida, reforzaremos los estados de ánimo que más nos interesen. ¿Cuál es la tuya?

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