Lo que esconden las etiquetas

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Hasta hace pocos años, encontrar nuestro yogur preferido en la nevera del súper era una cuestión de pocos segundos. Sólo teníamos que comparar entre dos o tres marcas y decidir si el sabor a fresa, a plátano o el natural era el que más se adecuaba a nuestro paladar. A medida que ha avanzado el conocimiento científico y se han perfeccionado las técnicas publicitarias, la tarea se ha vuelto de lo más complicado.

 

 

Yogures con trocitos de frutas, bebibles, cremosos, azucarados, sin azúcar, con edulcorante. Alimentos bajos en materia grasa, con fibra para equilibrar la flora intestinal, que mantienen bajos los niveles de colesterol, reducen los triglicéridos o combaten la osteoporosis. Eso por no hablar de los cosméticos: mascarillas con antioxidantes, lociones hidratantes que activan las defensas naturales de la piel, cremas faciales con colágeno, fijadores con micro-ceras. ¿Quién no se ha sentido alguna vez desconcertado ante la gran variedad, cantidad, calidad, formas y presentaciones de los miles de productos que llenan los estantes de los supermercados hoy en día? ¿Alguien entiende realmente lo que nos dicen las etiquetas?

¿Qué es una etiqueta?

Según el Instituto Nacional del Consumo (INC), una etiqueta es “toda leyenda, marca, imagen u otro elemento o signo descriptivo o gráfico, escrito, impreso, estampado, litografiado, marcado, grabado en relieve, huecograbado, adherido o sujeto al envase o sobre el propio producto industrial”. En España, el etiquetado de los productos es obligatorio y proviene directamente de dos derechos del consumidor: el derecho a la protección de la salud y seguridad y el derecho a la información. En términos generales, las etiquetas ayudan al consumidor a saber qué hace el fabricante bajo la tutela de la administración. Por eso deben incluir, obligatoriamente: el nombre genérico del producto; los datos del fabricante, distribuidor, vendedor, importador o marquista para saber a quién se puede reclamar; y las instrucciones de uso y la advertencia de riesgos previsibles. Después cada tipología de producto (alimentos, textiles, calzado, juguetes, cosméticos, productos de limpieza, etc.) tiene su propia normativa.

Así pues, el consumidor dispone de toda la información necesaria para saber lo que compra y consume, pero eso no quiere decir que no se pierda a la hora de intentar descifrar los códigos y nomenclaturas de las etiquetas. A veces el problema es tan simple como que la etiqueta no se lee bien porque la letra es muy pequeña o porque los nombres de los componentes están en inglés porque así lo marca su denominación legal, como es el caso de los cosméticos. Y es que en España, a diferencia de países como Estados Unidos, no existe una homogeneización del etiquetado, el fabricante puede utilizar la letra o el color que quiera. También hay quien considera excesivo e irrelevante indicar la larga lista de todos los componentes porque dificulta una interpretación rápida de la información.

Estrategias publicitarias

Las etiquetas dicen la verdad, los consumidores pueden estar tranquilos de que no les engañan. Los datos de las características del producto son muy claros, así como las palabras que se utilizan, pero a veces hay diversas opciones, sobre todo en cuanto a alimentación se refiere. Y aquí es donde entran en juego las estrategias publicitarias, que aprovechan la ambigüedad. Pongamos un ejemplo. Los aditivos, las famosas E, son sustancias autorizadas por la Unión Europea que se añaden a los alimentos, no por su valor nutritivo, sino para ayudar a que mantenga sus propiedades. Son de este tipo los conservantes, los colorantes, los antioxidantes o los potenciadores del sabor. El fabricante es libre de poner en la etiqueta el nombre del aditivo o bien la letra E seguida del correspondiente código. Si el producto contiene elementos naturales, pondrá el nombre; si en cambio tiene una referencia más química, se decantará por el código E.

En el caso de los alimentos que dicen ser completos y equilibrados ocurre algo similar. El uso publicitario de estos conceptos ha desvirtuado su sentido originario. Según explica el químico Claudi Mans en su libro “Los secretos de las etiquetas”, “un alimento completo sería aquel que diera todo aquello que el organismo necesita, en las proporciones adecuadas, y que no diera nada de lo que es nocivo para el organismo”. El problema es que cada organismo tiene unas necesidades nutricionales diferentes. Los alimentos funcionales, por su parte, contienen componentes biológicamente activos, como podrían ser los ácidos grasos omega-3, y están diseñados para aportar algún beneficio para la salud, aunque no curan. La legislación es muy estricta con las menciones que hace la publicidad a estos beneficios (es obligatorio demostrarlo científicamente), pero en cambio permite que se afirme que el producto en cuestión ayuda a no engordar, sin ir más lejos. A veces incluso destacan propiedades que son naturales: si publicitan agua sin colesterol, es como decir que se lo han quitado, cuando en verdad no lo tenía, y de paso dan a entender que el resto de marcas sí lo tienen.

Cómo reclamar

Los derechos de los consumidores están recogidos en nuestro país en la Ley 26/1984, de 19 de julio, General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios, y en Reales Decretos posteriores. Los organismos y asociaciones de protección del consumidor o usuario informen e intervienen como mediadores entre éste y los fabricantes o distribuidores. También existe el Centro Europeo del Consumidor (CEC), una oficina pública de atención al consumidor de cualquier Estado Miembro de la Unión Europea que precise información o asistencia en relación con la adquisición de un bien o la utilización de un servicio en un país diferente al propio. Es decir, actúa en los casos en los que un consumidor español quiere reclamar contra una empresa situada en otro Estado de la UE o bien cuando un consumidor de otro Estado de la UE quiere reclamar contra una empresa española.

Etiqueta ecológica

La creciente demanda de productos ecológicos garantizados por parte de los consumidores llevó a la Unión Europea a la creación en 1992 de la etiqueta ecológica, simbolizada por una flor. Se trata de un sistema voluntario e independiente para promover el consumo y la producción de bienes y servicios respetuosos con el medio ambiente. El sello se concede cuando el producto ha sido avalado por científicos, representantes de la industria y el comercio, grupos ecologistas y organizaciones de consumidores. Indica que el producto tiene un impacto reducido sobre el medio ambiente durante todo su ciclo de vida, desde la obtención de la materia prima hasta su eliminación. La etiqueta ecológica se renueva cada tres años y no se aplica a productos alimentarios o médicos, sino a electrodomésticos, detergentes, textiles, etc.

 

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