Carlos Duarte, investigador del ecosistema marino

Publicado en Integral en enero de 2008

 

Carlos Duarte
Carlos Duarte

En el Paseo de Recoletos, en Madrid, se encuentra el centenario Café Gijón, testigo en otros tiempos de debates culturales y artísticos de los intelectuales de posguerra. Hoy el bullicio de las conversaciones sigue siendo el protagonista. Quizás por eso Carlos M. Duarte me cita allí para nuestra entrevista. El biólogo acaba de recibir el

Premio Nacional de Investigación “Alejandro Malaspina”, para el área de Ciencias y tecnologías de los recursos naturales, por sus excelentes investigaciones sobre el ecosistema marino. Me cuenta que la destrucción de estos ecosistemas es 10 veces superior a la destrucción del Amazonas.

¿A qué se debe nuestro desconocimiento sobre el ecosistema marino?

El mar es algo muy difícil de conocer porque podemos pasear por la orilla, pero no vemos lo que hay dentro a no ser que nos pongamos unas gafas y bajemos a bucear o naveguemos en un barco en el interior del océano. Que los bosques sean algo próximo a nosotros hace que tengamos un nivel de concienciación mucho mayor de los problemas que les acechan. Deforestación, tala de árboles, incendios… No se requiere ningún nivel de educación particular para entender el significado de estos conceptos.


Y no ocurre lo mismo cuando hablamos de ecosistemas marinos.

Los problemas del océano afectan a ecosistemas y a tipos de organismos que están mucho más alejados de nosotros. El concepto de la sobrepesca lo entendemos fácilmente porque vemos sus consecuencias cada día en el mercado, pero hay problemas más importantes que afectan a los ecosistemas marinos, como la eutrofización, la hipoxia, la acidificación, el blanqueamiento del coral… Palabros que la gente no entiende.


Pero que nos repercuten…

Los seres humanos tenemos una relación mucho más íntima con el océano de lo que pensamos, quizás porque nuestra propia evolución como especie está vinculada a la costa y al uso de recursos del mar. Nos ofrece servicios tangibles, como alimentos y actividades recreativas, pero también otros mucho menos tangibles e igualmente importantes, como la regulación del clima o la protección de las zonas costeras. Económicamente, el valor añadido de todos esos servicios, es decir, lo que se tendría que pagar para recuperarlos si los perdiéramos, equivaldría al conjunto del producto bruto de las naciones en un año.


El océano es fuente de alimento del ser humano, pero también de agua para el consumo.

El futuro de la población humana está vinculado al agua, y cada vez lo estará más, ya que el cuello de botella para su desarrollo en el siglo XXI va a ser la disponibilidad del agua.


Y mientras, nosotros invertimos miles de litros de agua en producir un bistec…

Así es. La carne representa sólo un 10% de la producción de alimentos en tierra pero se lleva el 90% de agua. Para producir un kilo de carne se necesitan entre 7.000 y 9.000 litros de agua para el pienso con el que se alimenta el animal. Cuando una persona mira el filete de ternera en el plato que tiene delante, en realidad está mirando a 7.000 litros de agua, ¡una piscina entera! La falta de información, de educación y de conciencia hace que no nos responsabilicemos de las consecuencias de nuestras acciones.


¿Cuanto más dinero tenemos, más proteínas cárnicas consumimos?

El aumento del consumo de carne no es un vicio exclusivamente occidental, se da en todos los continentes, y está muy vinculado al crecimiento, aunque sea muy pequeño, de la capacidad adquisitiva. Sobrepasamos las dosis recomendadas de ingesta de carne, así que el aumento del consumo no responde a una necesidad dietética. Además, es uno de los mayores factores de impacto sobre el ecosistema.


¿Qué otros factores amenazan los hábitats costeros?

Son numerosos. Uno es la ocupación de la línea de costa por parte de la población (tanto residentes como turistas) y la construcción de las infraestructuras necesarias. Otro es el vertido masivo al océano de sustancias contaminantes, como el nitrógeno y el fósforo que se generan a través de actividades agrícolas, industriales o incluso derivadas de los residuos domésticos. La sobrepesca ya no es una amenaza, sino un impacto. Se estima que la biomasa de peces en el océano ha disminuido un 90% en el siglo XX por la alteración de su cadena alimenticia. Y también está el cambio climático, que está emergiendo como una amenaza global y que tendrá consecuencias como el estrés térmico producido por el aumento de la radiación ultravioleta.


¿Hay vuelta atrás en la tendencia de urbanizar el litoral?

La urbanización masiva de la costa es una tendencia muy natural. El deseo de estar en contacto con el mar no conlleva necesariamente a que generemos infraestructuras y edificaciones justo sobre la línea de costa. En Australia, Estados Unidos y Canadá, por ejemplo, están llevando a cabo una política de retirada planificada y abandono de la línea de costa que se basa en trasladar las infraestructuras 100 o 200 metros hacia el interior.


¿Es una cuestión de voluntad política, entonces?

La acción sostenida de ir moviendo las infraestructuras poco a poco tierra adentro no se hace en una, en dos o en tres legislaturas, sino que requiere un compromiso político firme. Hay que buscar alternativas para no gastar continuamente fondos públicos en la protección y reconstrucción de unas infraestructuras que se van a ver seriamente dañadas durante las próximas décadas por el aumento del nivel del mar.


¿Estamos a tiempo de frenar este incremento?

De todos los componentes del sistema climático, éste es el que tiene mayor inercia. Aunque se estabilizaran las emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera, la temperatura aún tardaría unos siglos en estabilizarse. Independientemente de cómo nos comportemos ya en términos de responsabilidad para atenuar los efectos del cambio climático, el nivel del mar seguirá aumentando con tal magnitud que generará graves daños, sobre todo a las infraestructuras con las que hemos reemplazado los hábitats costeros.


¿No hay manera de revertir los daños a los ecosistemas marinos?

Es casi imposible mejorar la calidad de los ecosistemas hasta el estado previo a estos impactos. En Dinamarca, por ejemplo, se han hecho grandes esfuerzos económicos para disminuir los aportes de nitrógeno y fósforo al océano y sin embargo no se han constatado los beneficios en términos de calidad del ecosistema. Hay ecosistemas que son fácilmente restaurables, como los bosques de manglar o las marismas, pero los daños a las praderas submarinas, y en particular las posidonias, son irreversibles, ya que son organismos de crecimiento muy lento, pueden llevar un milenio o más.


¿Durante cuánto tiempo podremos vivir del mar?

Hace más o menos 10.000 años que empezamos a abandonar la dependencia de los animales salvajes como fuente de alimento en tierra y desarrollamos la agricultura y la ganadería. Ahora en el océano se está dando un cambio similar al que se dio en tierra hace 10.000 años. La acuicultura está creciendo muy rápidamente, del orden de un 8% anual en producción. En tan sólo 30 años, el número de especies marinas que estamos domesticando y llevando a cultivo ha superado al número de especies terrestres domesticadas.


¿En qué consiste exactamente la acuicultura?

En la domesticación completa de una especie, ya sea una planta o un animal, y en el control de todo su ciclo de vida. Se puede conseguir incluso una mejora genética para que tengan un mayor rendimiento de producción y además generar el alimento necesario para mantener a estos animales o plantas. En la acuicultura de peces todavía no se ha conseguido cerrar este ciclo en muchos casos, y todavía existe una dependencia de pienso y alimentos que no se generan en el propio contexto de la acuicultura. Pero en 30 años el progreso ha sido realmente vertiginoso, teniendo en cuenta que en el caso de los animales en tierra la domesticación llevó miles de años.


Hay muchos detractores de esta práctica.

Es innegable que la acuicultura, tal como se practica ahora, genera impactos sobre el medio ambiente. Pero aquí hay dos reflexiones que hacer. La primera, que la acuicultura es una industria muy joven, los sistemas de producción que se utilizan tienen que mejorar. Y ya lo están haciendo: existen modelos de granjas sostenibles donde los impactos sobre el medio ambiente son muy pequeños o prácticamente nula.


¿Y la segunda?

Cuando se evalúa el impacto de la acuicultura, lo que se hace es comparar la calidad ambiental o ecológica sujeta por alguna forma de acuicultura frente a un área marina donde no la hay. Sin embargo, lo correcto sería comparar el impacto sobre el medio ambiente de la acuicultura con la producción de alimento en tierra, que es muchísimo mayor.


¿La acuicultura se puede considerar “la revolución azul”?

Sí, yo no veo otra forma de que en los próximos años podamos alimentar a una población humana un 50% mayor de la que hay ahora. Posiblemente no existirá el agua suficiente para producir alimentos para alimentar a esa población, la única esperanza será el océano. Y aún diría más: una planificación inteligente nos llevaría a producir todo el componente vegetal de alimento en tierra y el cárnico en el océano.


CIENTÍFICO DEL CAMBIO

Carlos M. Duarte es profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA), con sede en Esporles (Mallorca), desde 1999. Pertenece al Departamento de Investigación del Cambio Global, cuyo objetivo es “comprender los mecanismos del proceso del cambio global y su impacto sobre la biosfera”. En 2006 fue elegido presidente de la Sociedad Americana de Oceanografía y Limnología (ASLO, en su acrónimo inglés), la organización más importante del mundo en investigación de ciencias acuáticas. El primero científico que lo consigue sin desarrollar su trabajo en Norteamérica.


EFECTOS DEL DESHIELO

El pasado mes de julio, Duarte se convirtió en el jefe científico de la primera expedición española al Ártico, ATOS (Aportes Atmosféricos de Materia Orgánica y Contaminantes al Océano Ártico). Uno de los fenómenos que constató es que se había fundido tanto hielo en un verano como en los últimos años juntos. La consecuencia es que, si se mantiene un ritmo tan alto, el Polo Norte podría desaparecer completamente en el año 2020, es decir, 20 años antes del cálculo que se había realizado en el 2006. “Existen muchos mecanismos que concurren para que la tasa de fusión del hielo se acelere y que afectarán de forma muy importante al cambio global”. La expedición tendrá una segunda edición en la Antártica a principios de 2009. “Nos centraremos en el hielo que se genera en los continentes y qué ocurre cuando se descarga al océano”.

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