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Blog profesional de Anabel Herrera

Científicos de Hitler

Publicado en Historia y Vida en julio de 2007

“Si la ciencia no puede prescindir de los judíos, prescindiremos de la ciencia durante unos años”. Ésta fue la respuesta que obtuvo el físico Max Planck cuando advirtió a Adolf Hitler de que su decisión de expulsar a los judíos que trabajaban en la administración del Estado conllevaría a la pérdida para Alemania de destacados personajes del mundo de la física, la química, la biología y las matemáticas. La frase resume la visión deformada y profundamente racista que el führer tenía sobre la ciencia.

En la época en la que accedió al poder, sus conocimientos científicos y tecnológicos eran, en efecto, prácticamente nulos. No entendía los impresionantes progresos que se habían alcanzado durante las décadas anteriores ni sabía cómo utilizarlos en su propio beneficio. Tampoco era capaz de organizar, según las prioridades, los programas de investigación que se estaban llevando a cabo. A pesar de su ignorancia, se engrandecía hablando de este tipo de cuestiones, y, antes que confiar en los resultados de una comisión, prefería tomar decisiones en solitario basándose en su intuición.

Hasta bien avanzada la Segunda Guerra Mundial, Hitler no fue plenamente consciente del inmenso poder de la ciencia con fines bélicos, más allá de su aplicación en la “limpieza racial” y la experimentación con seres humanos. Fue entonces cuando afirmó que la guerra contra los aliados era una guerra tecnológica: “Tenemos que enfrentarnos al enemigo con innovaciones que le cojan por sorpresa”. A pesar de los avances en máquinas de guerra e investigación nuclear, ya era demasiado tarde para Alemania. Irónicamente, sus enemigos, en especial Gran Bretaña y Estados Unidos, le aventajaban en el terreno tecnológico gracias a que habían acogido en sus laboratorios y universidades a los brillantes científicos que el régimen nazi había repudiado y expulsado de sus fronteras.

La meca de la ciencia

Durante las tres primeras décadas del siglo XX, la Wissenschaft –término con el que se designaba el conjunto de disciplinas intelectuales científicas- cultivó numerosos éxitos. Alemania se erigió como La Meca de la ciencia y la tecnología internacional, aunque en este período sufría los efectos devastadores y ruinosos del fracaso en la Primera Guerra Mundial. Investigadores de todo el mundo acudían a las universidades alemanas para ponerse al día en los últimos avances en química orgánica, física y mecánica cuántica, las parcelas de la ciencia que, en última instancia, desembocarían en la bomba atómica.

Paralelamente, un grupo de biólogos y antropólogos propagaba una infundada teoría histórico-biológica de la raza. Otro grupo de científicos e intelectuales, de ideología marcadamente nacionalista, firmaba el Manifiesto de Fulda (1914), según el cual la ciencia y la tecnología debían estar al servicio del Estado nacional en armas. Entre ellos se encontraba Fritz Haber, célebre por lograr sintetizar el amoníaco –elemento esencial para los fertilizantes y los explosivos-, procedimiento por el que ganaría un premio Nobel. El joven químico fue también el creador de la primera arma de destrucción masiva, empleada contra los soldados argelinos en 1915, quebrantando las normas de guerra vigentes. En plena contienda, lanzó sus recipientes de cloro en estado líquido, liberando un gas que se propagaría por el viento hasta las trincheras de los aliados, que murieron asfixiados. La recién inaugurada alianza entre la química, la industria, el Ejército y el gobierno demostraba que la guerra se podía ganar científicamente.

Al contrario de lo que se pudiera pensar, sería la física, y no la “guerra de los químicos”, la que acabaría desempeñando un papel determinante en la fabricación de armas. A principios del siglo XX, una serie de acontecimientos explicarían la estructura atómica y subatómica del mundo. Al descubrimiento de los rayos X por Wilhelm Röntgen le seguirían el modelo cuántico de Max Planck y la revolucionaria teoría de la relatividad de Albert Einstein. El físico danés Niels Bohr impulsó la física cuántica durante la década de 1920, mientras que Werner Heisenberg, el futuro jefe del programa atómico nazi, formuló el famoso “principio de incertidumbre”: es imposible calcular simultáneamente con exactitud la posición y el momento lineal de una partícula subatómica, puesto que el acto mismo de observar modifica lo que se está observando.

El despido de científicos

Una de las primeras medidas que tomó Adolf Hitler cuando llegó al poder en enero de 1933 fue la aprobación de la Ley de Restauración del Funcionariado Profesional, mediante la cual los investigadores y los profesores judíos se vieron obligados a abandonar sus cargos y sus puestos de trabajo. A la práctica, el despido se tradujo en la pérdida de casi la mitad de los expertos en física nuclear y mecánica cuántica. Es fácil imaginar las nefastas consecuencias para la ciencia alemana del éxodo de estos profesionales hacia otros países. Los científicos que no se vieron afectados por la nueva Ley podían escoger entre dos opciones: abandonar el país junto con sus colegas o someterse al régimen nazi. Escogieron la segunda y guardaron silencio para mantenerse en sus cargos. La excusa argüida por personajes como Planck o Heisenberg era que la ciencia alemana debía ser protegida. Pero lo cierto es que el Estado cada vez complicaba más la vida a los funcionarios: redujo sus salarios, puso trabas a los viajes al exterior, no reconoció las calificaciones personales… Es decir, promovió el estancamiento y el aislamiento. Para postre, la Gran Ciencia implicaba ponerse enteramente al servicio de la máquina de guerra.

El programa nuclear

El decreto de Hitler coincidió con las aportaciones más decisivas a la física nuclear, que ahora se realizaban en países como Dinamarca, Gran Bretaña o Estados Unidos. La capacidad de destrucción de la especie humana estaba a punto de ser una realidad con las posibilidades de liberar energía del átomo. Así lo corroboraban los experimentos paralelos en los laboratorios de científicos como el francés Frédéric Joliot-Curie y el italiano Enrico Fermi (ambos en 1934). La austriaca Lise Meitner, junto con su colaborador Otto Hahn y su ayudante Fritz Strasmann, logró escindir un átomo de uranio y liberar una inmensa cantidad de energía (1938). Pero la primera reacción en cadena no controlada la produjo en 1942 el físico húngaro Leo Szilard en la Universidad de Chicago. El procedimiento clave para la construcción de bombas atómicas, la fisión, se consigue mediante el bombardeo de neutrones, que dividen el núcleo del átomo. A su vez, el impacto produce un nuevo bombardeo de neutrones que provocan que otros núcleos se dividan de forma exponencial, alimentando una reacción en cadena. Cuando los resultados se hicieron públicos, Alemania creó un pionero programa de investigación nuclear bajo el mando directo del Ejército y con Werner Heisenberg como jefe del proyecto.

 

Heisenberg

Heisenberg

 

La ventaja de los alemanes radicaba en que poseían las mayores reservas de uranio de todo el mundo, en Checoslovaquia. El inconveniente, el déficit de medios destinados. Heisenberg afirmaba que enriqueciendo el uranio podía construir una bomba con una gran capacidad explosiva, pero desconocía la cantidad exacta que debía emplear. Además, no disponía de un reactor para provocar la fisión, ni tampoco era capaz de precisar las consecuencias de una reacción nuclear en cadena. Aun así, en conversaciones con su colega Niels Bohr, una eminencia en el campo de la física nuclear y el de la estructura atómica, dio a entender que Alemania ya estaba fabricando la gran arma de destrucción masiva. El curso de los acontecimientos se vio entonces alterado: Estados Unidos aceleró su propio programa de fabricación de la bomba atómica, conocido como Proyecto Manhattan, bajo la dirección del general Leslie Richard Groves y la supervisión científica de Robert Oppenheimer.

Ante la tardanza de Heisenberg, el nuevo responsable supremo de la ciencia y la tecnología del Tercer Reich, Albert Speer, cancela el proyecto atómico en 1942 para ahorrar recursos para la fabricación de cohetes, los verdaderos protagonistas del despliegue tecnológico alemán. Aun así, Groves planeó el asesinato de Heisenberg, que debía producirse durante el transcurso de una conferencia en Zurich. Si el científico alemán daba indicios de que trabajaba en una bomba atómica, un agente de los servicios de espionaje estadounidenses le dispararía en el acto. La conferencia versó sobre matrices, afortunadamente. Y es que, por aquella época, Heisenberg ya estaba más centrado en las charlas académicas y en mantener su estatus social que en los experimentos en el laboratorio. Sobre su personalidad siempre ha existido disparidad de opiniones. Algunos lo ven como el héroe que privó a Hitler de la bomba atómica de forma deliberada. Para otros, no era más que un físico incompetente que hubiera fabricado la bomba si hubiera sabido cómo hacerlo.

La guerra relámpago

Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, el führer puso en práctica la Blitzkrieg o “guerra relámpago”, el impacto rápido en un punto para atacar las defensas del enemigo. A pesar de las innovaciones tecnológicas, en la mayoría de combates se recurrió a la tecnología convencional, que siempre se había mantenido en constante fase de investigación a pesar de las restricciones del Tratado de Versalles. Así, se fabricaron grandes cantidades de aviones de propulsión a chorro; se aumentó la eficacia de las armas automáticas y se introdujo en fusible de proximidad; se desarrollaron diferentes versiones de carros blindados, como el Mark II y el Mark IV, el Panther o el Tiger, etc. Otros símbolos de potencia militar, como los acorazados o los submarinos, no cumplieron con las expectativas y quedaron poco a poco en el olvido. Hacia el final de la contienda, en un intento desesperado por recuperar posiciones, los diseñadores alemanes pusieron en marcha programas de investigación con el fin de fabricar supuestas armas prodigiosas. Pero el producto de tanto esfuerzo no pasó de una mera colección de sofisticados e inútiles artilugios que se hallaban totalmente alejados de la realidad.

Alemania estuvo en cabeza en el desarrollo del radar y los códigos secretos, aunque estas dos formas de procesamiento de información acabaron invirtiendo el curso de la guerra a favor de los británicos. El radar Funkmessgerät fue la primera aplicación de un transmisor y un receptor de ondas de radio utilizada por los alemanes y se diseñó con el fin de detectar la presencia de los barcos en reposo o movimiento. Durante el período de entreguerras, el Tercer Reich perfeccionó el sistema de encriptación y fue pionero en darse cuenta que la tarea requería, no sólo de lingüistas, sino de profesionales de disciplinas tan diversas como las matemáticas y la ingeniería. La máquina más célebre fue el “rotor de cifras” de Arthur Scherbius, conocida como Enigma, basada en un sistema de sustitución mecánica. A priori, los códigos eran imposibles de descifrar. Así lo pensaba Hitler, que subestimaba la capacidad tecnológica de sus adversarios, pero se equivocó. Los polacos se hicieron con las copias de los libros de códigos gracias a un alemán desleal y, junto con los británicos, burlaron el mecanismo. Posteriormente, Gran Bretaña fabricó el Colossus, que descifró los códigos emitidos por la siguiente generación de Enigma: la máquina Lorenz, que emitía los mensajes emitidos entre altos cargos nazis, entre ellos el propio führer. 

 

Máquina Enigma

Máquina Enigma

 

Peenemünde: fábrica de cohetes

Tras la Primera Guerra Mundial, los vencedores fijaron unas restrictivas condiciones a la derrotada Alemania acerca de la tecnología armamentística mediante el Tratado de Versalles, aunque olvidaron mencionar la fabricación de cohetes. La circunstancia fue aprovechada por el Ejército y la industria para formar equipos de investigación secretos durante las décadas de 1920 y 1930. En una antigua instalación militar situada al norte de Berlín, el joven ingeniero Wernher von Braun trabajó con dos misiles que iban a revolucionar el armamento alemán. Los V-2 Max y Moritz, nombres inspirados en personajes de cómic alemanes, realizaron un vuelo perfecto en su primer ensayo, en 1934. Por entonces, todavía no superaban a los proyectiles convencionales, puesto que su radio de acción era inferior.

Dos años después, Hitler rechaza el Tratado de Versalles y comienza el rearme de Alemania. El Estado destina una gran suma de dinero a proyectos tecnológicos militares, sobre todo los que tienen que ver con la construcción de misiles ofensivos. Es la expansión de la Gran Ciencia. Ahora el proyecto de cohetes se traslada a unas instalaciones mayores en Peenemünde, en el Báltico, compuestas por laboratorios, fábricas, terrenos de prueba… Allí Von Braun continuó los trabajos de perfeccionamiento de las armas de represalia V-1 y V-2. Para ello, se sirvió de las miles de personas esclavizadas que Himmler, el jefe de las SS, le proporcionaba directamente desde los campos de concentración. Mientras tanto, los servicios de inteligencia británicos recababan información acerca de las fábricas de armas secretas, entre ellas la de Peenemünde, que fue bombardeada. Los alemanes tardaron sólo dos meses en reanudar la producción de los misiles en la planta subterránea en los talleres Mittelwerke, en Nordhausen. Sus ansias de derrotar a sus enemigos culminaron en 1944, cuando se lanzaron los primeros cohetes V-1 y V-2 sobre diversos objetivos europeos, en especial la ciudad de Londres.

La ciencia del exterminio

El trabajo de esclavos no fue la única práctica realizada por los nazis para la “limpieza racial”. La ciencia (o pseudociencia) del exterminio se inició en Alemania en la tercera década del siglo XX con la esterilización legalizada de individuos con enfermedades mentales o físicas y patologías hereditarias. El siguiente paso fue el exterminio de niños con deformidades físicas y deficiencias mentales iniciado por Kart Brandt, uno de los médicos personales de Hitler. Pronto se burocratizó la eutanasia en personas “indignas de vivir” mediante la Operación Inválido, que tenía previsto acabar con la vida de 11 millones de judíos.

A partir de 1942, cuando comenzaron las deportaciones a los campos de concentración, la tecnología de exterminio experimentó una radical transformación: cuanto más se avanzara en la ingeniería de la incineración masiva de cuerpos humanos, antes se alcanzaría la solución final. Los campos de concentración también fueron el escenario de crueles experimentos médicos sin base científica, como investigaciones neuropatológicas con cerebros; trasplantes de huesos, órganos y nervios en mujeres; esterilización con rayos X; pruebas genéticas con gemelos, etc. Algunos programas tenían como objetivo mejorar las expectativas de supervivencia de los soldados alemanes. Para ello, a los prisioneros se les encerraba en cámaras de baja presión para comprobar la resistencia humana a las alturas o se les infectaba con enfermedades para comprobar las reacciones, por ejemplo.

 

EFECTOS DEL V-1 Y EL V-2

Los cohetes V-1 y V-2 fueron el resultado último de las investigaciones en tecnología armamentística del Tercer Reich. El primero, el V-1 (Vergeltungswaffe I, “arma de represalia I”), era un monoplano sin piloto que podía alcanzar los 500 km/h. Cayó por primera vez en Londres el 13 de junio de 1944. A finales de mes ya se habían lanzado 2.452 unidades, y en otoño, 10.000. La cifra de muertos se elevó a 6.000 personas.

En el caso del Vergeltungswaffe II, conocido como V-2 o A-4, se trataba de un misil supersónico, por lo que alcanzaba su objetivo antes de ser oído. Los dos primeros se lanzaron cerca de Londres el 8 de septiembre de 1944. A lo largo de medio año, cayeron alrededor de cinco unidades al día, sesgando la vida de 2.700 londinenses.

 

FARM HALL

Mansión de Farm Hall, Cambridge, 3 de julio de 1945. Operación Épsilon: 10 físicos alemanes, entre ellos Werner Heisenberg y Otto Hahn, son detenidos como prisioneros de guerra y encerrados meses por su implicación en la investigación nuclear. El general Groves, jefe del programa estadounidense para la fabricación de la bomba atómica -Proyecto Manhattan-, quiere averiguar si han transferido sus conocimientos a los rusos. Instala micrófonos por toda la casa, pero la trascripción de las conversaciones sólo revela la intención de los científicos de negar cualquier relación con el régimen nazi.

Cuando reciben la noticia de la bomba atómica arrasando Hiroshima y Nagasaki, redactan una memoria describiendo su proyecto nuclear y haciendo constar que la idea de provocar una reacción en cadena de núcleos atómicos se desarrolló en varios países al mismo tiempo. Es decir, los físicos alemanes se autoexculpan de cualquier consecuencia de sus descubrimientos. Lo único que se consigue con la labor de escucha de la Operación Épsilon es que los físicos dispongan de seis meses para consensuar su versión de los hechos y salgan impunes sin ni siquiera reconocer una responsabilidad moral.

 

PREMIOS NOBEL

Una muestra de la enorme importancia de la ciencia y la tecnología antes de la llegada de Hitler al poder es la lista de los Premios Nobel. Alrededor de la mitad de los reconocimientos en ciencias naturales y medicina fueron destinados a personajes alemanes.

 

LOS CIENTÍFICOS DEL RÉGIMEN

WERNER HEISENBERG

1901-1976

Además de estar al frente de la investigación científica del proyecto de la bomba atómica alemana, fue famoso por sus aportaciones a la teoría de la estructura atómica. En 1925 desarrolló el sistema de mecánica cuántica denominado mecánica matricial, y en 1927 formuló el principio de incertidumbre: es imposible medir de forma precisa la posición de una partícula.

WERNHER VON BRAUN

1912-1977

Procedente de una familia de origen prusiano, se resistía a usar su título de barón. En 1930 entró a formar parte de un equipo de investigación de la sociedad de vuelos espaciales Verein für Raumschiffahrt (VfR), para la que creó los proyectiles V-1 y V-2. A pesar de su pasado nazi, tras la guerra obtuvo la nacionalidad americana y trabajó en proyectos de cohetes para la NASA.

HANS-JOACHIM PABST VON OHIAN

1911-1998

En 1937, el joven físico diseñó el reactor del He-178, el primer avión de la historia con un motor de propulsión a chorro, un proyecto ultrasecreto de los nazis. Después de la guerra, emigró a Estados Unidos. Allí trabajó en el centro de desarrollo de propulsión del Ejército del Aire y siguió innovando en campos tan diversos como la dinámica de fluidos o los aviones de despegue vertical.

RUDOLF KÜHNOLD

Científico de la Institución de Investigación Naval con sede en Kiel que era socio de GEMA, una pequeña empresa especializada en radiotransmisores y dispositivos de registro. Gracias a sus investigaciones, Alemania probó su primer equipo de radar en una demostración en Pelzerhaken en 1935. En un primer momento, estaba diseñado para detectar la presencia de barcos.

ARTHUR SCHERBIUS

1878-1929

Fue el inventor del “rotor de cifras”, una especie de máquina de escribir que revolucionó el arte de la criptografía y que los nazis utilizaron en el comercio, la diplomacia y el Ejército en los años 20. La Enigma –nombre con que fue bautizada- era novedosa porque ninguna letra podía descifrarse consigo misma y el cifrado general era recíproco, elevando el grado de seguridad.

GERHARD SCHRADER

1903-1990

Considerado el padre de los agentes químicos neurotóxicos y neuroparalizantes del régimen. En 1936, mientras investigaba con insecticidas en IG Farben, descubrió el tabun, una sustancia que atacaba mortalmente el sistema nervioso humano. En plena II Guerra Mundial, su equipo descubrió tres nuevos agentes aun más tóxicos: el sarín, el soman y el ciclosarin.

JOSEF MENGELE

1911-1979

Apodado el “ángel de la muerte” por la crueldad de sus experimentos con los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz: inanición de recién nacidos; esterilización de mujeres; disección de enanos y personas con deficiencias mentales; pruebas genéticas, amputaciones e intentos de cambiar el color de los ojos o el pelo mediante sustancias químicas de gemelos, etc.

 

LA RESPONSABILIDAD DE LOS CIENTÍFICOS

Al término de la Segunda Guerra Mundial, fueron pocos los científicos que admitieron una responsabilidad moral por su complicidad con el régimen nazi. ¿Cómo es posible que pusieran sus conocimientos al servicio del mal? Para León Olivé, investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), “en relación con los problemas éticos de la ciencia, suelen plantearse dos posiciones opuestas”. En primer lugar, “la que defiende la tesis de la neutralidad ética de la ciencia: el uso que se dé a los conocimientos científicos y a los productos tecnológicos no es responsabilidad de los científicos, ni de los tecnólogos, más bien es un problema de quienes los utilicen para obtener fines determinados (los gobernantes, los políticos, los militares)”. Los opositores defienden “la idea de que los científicos tienen responsabilidades y deberes que cumplir respecto a las consecuencias de su trabajo”. “El debate gira en torno a la concepción misma de ciencia”, afirma Olivé. “Muchas veces se identifica sólo con el conocimiento científico, y entonces es sencillo concluir que la ciencia es éticamente neutral. Pero bajo esta perspectiva se omite la referencia a los medios utilizados para obtener dicho conocimiento, y se deja de lado la responsabilidad ética de los científicos”.

 

PARA SABER +

Ensayo

CORNWELL, JOHN. “Los científicos de Hitler”. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, S.A., 2005.

OLIVÉ, LEÓN. “El bien, el mal y la razón”. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, S.A., 2000.

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