Publicado en Muy Historia en septiembre de 2006
“Lo que uno ha vivido es, en el mejor de los casos, comparable a una bella estatua que hubiera perdido todos sus miembros al ser transportada y ya sólo ofreciera ahora el valioso bloque en el que uno mismo habrá de cincelar la imagen de su propio futuro”. La contemplación del Torso de Apolo, un kouros de Mileto que se conserva en el Louvre, fue la fuente de inspiración de estas palabras escritas por el filósofo Walter Benjamin en su “Dirección única”. Años atrás, Rilke ya había sucumbido a la belleza de esta escultura, a la que elogió en su famoso soneto “Torso de Apolo arcaico”. “Debes cambiar tu vida”, concluía el poeta.
Suponer que una escultura nos pueda cambiar la vida quizás pueda parecer una exageración, pero no hay duda de que la civilización occidental es heredera de los antiguos griegos en cuanto a la ciencia, la filosofía, la literatura y, cómo no, al arte, que aún hoy nos sirve como modelo de belleza y estímulo creativo. Lo bello –kalón- es en la antigua Grecia lo que gusta, lo que suscita admiración y atrae la mirada. Un objeto bello lo es en virtud de la forma, que satisface los sentidos -la vista y el oído, sobre todo-, pero también tiene que ver con las cualidades del alma y del carácter, en el caso del cuerpo humano. La belleza aparece asociada, en un primer momento, a otros valores –la justicia, por ejemplo-, o a conceptos como la “medida” o la “conveniencia”, en un estado más avanzado del arte griego.

Templo de Delfos
En su “Historia de la belleza”, Umberto Eco señala que el sentido general griego de la belleza se expresa en las cuatro frases escritas en los muros del templo de Delfos: “Lo más exacto es lo más bello”, “Respeta el límite”, “Odia la insolencia” y “De nada demasiado”. Estas reglas se basan en una visión del mundo que interpreta el orden y la armonía que el dios mitológico Zeus ha asignado a los hombres como aquello que pone fin al caos. Pero, en realidad, los griegos no tuvieron una auténtica estética y una teoría de la belleza hasta la época de Pericles. Durante la Edad del Bronce (a partir del III milenio a.C.) y el llamado período geométrico y orientalizante (siglos XII-VII a.C.), las manifestaciones más ricas del arte griego son puramente decorativas y se observan en la cerámica pintada. La estructura y los adornos del vaso se complementan de forma armónica: líneas oscuras sobre el fondo claro de la arcilla. La simplicidad de los dibujos de franjas y los motivos en zigzag evoluciona poco a poco hacia la representación figurada de animales y, en última instancia, de siluetas humanas, ensayando una temprana narrativa con escenas de combates heroicos.
Pitágoras halla en el número el principio de todas las cosas
La belleza se identificó con la proporción a partir del florecimiento del Arcaísmo (siglos VII-V a.C.): una cosa es bella si está bien proporcionada. Filósofos presocráticos como Tales, Anaximandro y Anaxímenes buscan entre los cuatro elementos (aire, tierra, fuego y agua) el principio de todas las cosas. La intención es definir el mundo como un todo ordenado y gobernado por una única ley, como si fuera una forma, concepto que identifican con el de belleza. Pero fueron Pitágoras y sus seguidores los responsables de estrechar los vínculos entre matemáticas, cosmología, ciencia natural y estética. No en vano consideraban que el filósofo era alguien que se dedicaba por completo “a descubrir el sentido y propósito de la vida… a mostrar los secretos de la naturaleza”.
Para Pitágoras, el principio de todas las cosas es el número, ya que es la regla capaz de limitar la realidad, de proporcionarle inteligibilidad y orden, ya sea musical, ético o del cosmos. Nace una visión del universo matemática y estética a la vez: las cosas existen porque están ordenadas, y están ordenadas porque en ellas se cumplen las leyes matemáticas, que a la vez son condición de existencia y de belleza. La armonía consiste en la oposición de contrarios –masculino/femenino, recta/curva, par/impar, amor/odio-, pero sólo uno de ellos representa la perfección y la bondad; el otro es el error y el mal y por ello debe ser eliminado. Para Heráclito, en cambio, la armonía no se produce anulando una de las entidades opuestas, sino dejando que vivan en tensión continua hasta que se neutralicen mutuamente. Por tanto, dos contrarios encuentran el equilibrio porque se contraponen convirtiéndose en simetría, una exigencia que ha estado presente en todo el arte griego desde que aparecieran las primeras figuras de kouros –muchachos- y korai –doncellas- con sus cánones de belleza.
El Arcaísmo inventa los principales órdenes arquitectónicos
Aunque no representaran a una deidad concreta, estas esculturas de jóvenes en la flor de la vida se conocieron con el nombre de “Apolos” y “Ateneas”, y eran utilizadas como ofrenda a la divinidad o bien como monumento conmemorativo en las tumbas. Ellos, los kouros, están concebidos de forma cúbica y estrictamente frontal: aparecen desnudos, con una postura rígida y simétrica, un pie delante del otro, los puños cerrados contra las caderas y una sonrisa arcaica.

Kouros
Las korai, en cambio, encarnan el pudor característico de la mujer en Grecia: no suelen ser más bellas que los muchachos, los cabellos presentan peinados simples y sus cuerpos soportan pesados vestidos de pliegues rectos. El gesto de la ofrenda con la mano alzada es el único rasgo de sensualidad de estas doncellas bidimensionales. En una etapa más avanzada, se resaltan las formas de las korai con la disposición de la vestidura y sus colores festivos, mientras que la anatomía de los kouros, por su parte, recibirá un tratamiento más realista, acercándose al ideal del hombre bello.

Korai
Las composiciones escultóricas más ambiciosas del arcaísmo hay que buscarlas en las obras en relieve de las paredes de edificios, y es que, en el mundo griego, escultura y arquitectura son artes indisolubles. La sucesión de metopas en los templos permite al escultor narrar episodios mitológicos o bien exaltar fragmentos de luchas y persecuciones de la historia colectiva. Es la época de la creación de los principales órdenes arquitectónicos en piedra: el dórico, en la Grecia continental, con columnas sencillas con capiteles en forma de cojín, el fuste acanalado y sin base; y el jónico, en la Grecia oriental y las islas, con columnas más lujosas con capiteles rematados en volutas y decorados con elementos florales en relieve. Policleto establece un canon de belleza basado en matemáticas La ruptura con las normas convencionales arcaicas tiene lugar durante el Clasicismo (siglos V-IV a.C.), época marcada por el recuerdo de las Guerras Médicas. Los persas dejaron la acrópolis de Atenas devastada: incendiaron los templos y destruyeron la mayoría de sus monumentos. No fue el caso del Templo de Zeus en Olimpia. En el interior de la nave principal o cella, formada por dos series de columnas dóricas, se erigía la famosa estatua crisoelefantina de Fidias personificando a Zeus. Destaca el contraste de los dos frontones del edificio: el de la entrada principal, con Zeus en el centro, es una composición estática; en el posterior, en el que aparece Apolo, todo es acción.

Templo de Zeus
El arte escultórico adquiere en el período clásico un nuevo sentido: la figura, que representa a dioses, héroes y atletas, se comprende en su conjunto, de acuerdo al movimiento. Se desarrollan nuevas y avanzadas técnicas del bronce, como en el caso de los guerreros de Riace, hallados en las costas del sur de Italia, o del Auriga de Delfos, recuperado de las ruinas del templo de Apolo. La expresión máxima de la belleza del cuerpo del atleta, con su musculatura perfectamente perfilada, se consolida con el Discóbolo de Mirón, que representa la secuencia temporal del momento inmediatamente anterior al lanzamiento del disco, una acción que obliga a contemplar la escultura desde diferentes ángulos de visión.

Discóbolo
Influenciado por Pitágoras, Policleto defendió una realidad superior basada en proporciones matemáticas. Su idea quedó escrita en un tratado o canon sobre la relación entre los números y la simetría entre las partes del cuerpo humano y materializada en el Doríforo. La figura –de bronce, aunque ha llegado a nosotros a través de copias romanas en mármol- es un joven desnudo de rostro sereno que permanece quieto a la vez que inicia un movimiento potencial con su pierna izquierda. Es el equilibrio entre fuerzas contrarias, la encarnación de la belleza y la armonía. El canon de Policleto no se basa en medidas cuantitativas, como el egipcio, sino en un criterio orgánico: la relación entre las partes se determina en función del movimiento del cuerpo e incluso de la posición del espectador.
El platonismo: “Por lo bello son bellas las cosas bellas”
La teoría de la proporción tiene en filosofía una clara impronta platónica. De Platón surgen las dos concepciones de la belleza más importantes elaboradas a lo largo de siglos. Por una parte, la belleza como armonía de las partes, argumento pitagórico. Y por otra, la belleza como esplendor, expuesta en el “Fedro”: “Pero sólo a la belleza le ha sido dado el ser lo más deslumbrante y lo más amable”. La belleza, por tanto, resplandece en todas partes, pero no tiene que ver con el soporte físico que accidentalmente la pueda expresar, sino que existe de forma autónoma: “Si alguien afirma que cualquier cosa es bella, o porque tiene un color atractivo o una forma o cualquier cosa de ese estilo, mando a paseo todas las explicaciones y me atengo sencilla, simple y, quizás, ingenuamente a mi parecer: que no la hace bella ninguna otra cosa, sino la presencia o la comunicación o la presentación en ella en cualquier modo de aquello que es lo bello en sí. Por lo bello son bellas las cosas bellas” (“Fedón”).
Como la belleza no corresponde a lo que se ve, no todos están capacitados para captar su verdad, sólo los filósofos pueden hacerlo. Para Platón, las ideas son el modelo de la realidad, mientras que las cosas reales son imitaciones imperfectas de esas ideas. El arte, pues, es una imitación imperfecta naturaleza, así como la naturaleza es una imitación imperfecta del mundo ideal. La propuesta es sustituir el arte por la belleza de las formas geométricas, que se basa en la proporción y en la concepción matemática del cosmos que el filósofo describe en el diálogo “Timeo”.
El Partenón se construye siguiendo la Proporción Áurea
La búsqueda de la proporción y de un canon de belleza durante la etapa del clasicismo no es exclusiva de la escultura, sino que se extiende también a la arquitectura. Las separaciones entre las columnas o las relaciones entre las diversas partes de la fachada corresponden, en algunos templos griegos, a las normas que regulan los intervalos musicales. El caso del Templo de Atenea Parthenos, conocido como Partenón, es mucho más complejo. El estratega Pericles, que llevó a cabo una intensa campaña política y cultural hacia mediados del siglo V a.C., ordenó la reconstrucción completa de la Acrópolis y nombró a Ictinos y Calícrates arquitectos del Partenón. Fidias y sus alumnos se encargaron de los grupos escultóricos de vivos colores que adornaron los frontones y que plasman importantes episodios de la mitología ateniense, como el nacimiento de la diosa Atenea o la disputa entre Atenea y Poseidón por el liderazgo de la ciudad.

Partenón
Pero lo que más llama la atención del templo es, sin duda, la singularidad de sus proporciones: ocho columnas dóricas en las fachadas principales por diecisiete en las laterales –en lugar del típico 6×13. La plataforma sobre la que reposan las columnas se hunde hacia las esquinas en una ligera curva, de tal modo que las columnas se inclinan hacia dentro y la parte superior, hacia fuera. El resultado es una manipulación del efecto óptico del espacio interior –que acogía a la colosal diosa Atenea de Fidias- y del exterior –que es percibido por el hombre con asombro. Muchos historiadores del arte han intentado descubrir la base numérica que se esconde tras la aparente simplicidad del diseño perfecto del Partenón a través de la Proporción Áurea, una relación matemática a la que se le atribuyen cualidades armónicas placenteras.
Según explica el científico Mario Livio en su libro “La Proporción Áurea”, los entusiastas de esta teoría sostienen que las dimensiones del Partenón, cuando su frontón triangular permanecía intacto, encajaban en el Rectángulo Áureo. La Proporción Áurea se encontraría también en otras dimensiones del edificio: la altura de la fachada desde lo alto del tímpano hasta el final del pedestal bajo las columnas también se divide, en Proporción Áurea, por el alto de las columnas. Incluso se afirma que Fidias utilizaba con frecuencia y de forma meticulosa esta proporción en sus esculturas. De hecho, la Proporción Áurea también recibe el nombre de número phi, la primera letra griega del nombre de Fidias. Otros expertos, sin embargo, señalan que algunas partes del Partenón se escapan del trazado áureo, ya que sus dimensiones varían en función del punto de referencia que se haya tomado.
La fuerza del movimiento, reto del final del Clasicismo
Pericles completó su programa en la Acrópolis con la construcción del pequeño templo de Atenea Nike y del Erecteion, un complejo templo jónico que está construido sobre diferentes niveles y que combina varios cultos. En él se encuentra la galería de las Cariátides, seis muchachas de largas trenzas y con una pierna flexionada que hacen la función de columnas. A lo largo de todo el período clásico se utiliza el color en la escultura, que realza el efecto realista del desnudo; pintores y escultores trabajan a menudo juntos. Pero se busca cada vez más la tridimensionalidad, que fuerza al espectador a rodear las figuras para apreciar sus giros y participar de la acción.

Cariátides
La generación de Praxíteles buscará un equilibrio entre la representación realista de la belleza humana y la adhesión a un canon específico conforme a las reglas de las composiciones musicales. El alma y el cuerpo se presentan en armonía. Los problemas de la textura de la carne y los músculos de las esculturas quedan resueltos, ahora los cuerpos desnudos son tremendamente sensuales, como el de Afrodita de Cnido. La serenidad de Hermes y Dionisio niño, la otra obra de culto de Praxíteles, con su suave movimiento corporal, incita a la familiaridad.
La fealdad de Laoconte, paradójica síntesis del arte griego
Lejos de los cánones de belleza de Afrodita, el arte de los desnudos durante el Helenismo (siglos IV-I a.C.) realza la feminidad hasta rozar la agresividad. La Venus de Milo, compuesta en espiral, se alza como el nuevo mito femenino. El artista preferido de Alejandro Magno, Lisipo, introduce un nuevo canon del cuerpo humano, así como la profundidad, que supone una ruptura definitiva con la frontalidad de las estatuas clásicas. Su famoso Apoxiómeno alarga el brazo, perpendicular al cuerpo, provocando la complicidad del espectador al tener que seguir su movimiento. También se le atribuye a Lisipo la creación del retrato, que pretende captar la interioridad del ser humano.
El progreso artístico del período helenístico es reducido comparado con los anteriores. El arte tiene como objetivo satisfacer a hombres y a reyes, así que se limita al embellecimiento de casas privadas y de palacios, como ocurre en el caso del gran Altar de Zeus levantado en la ciudad de Pérgamo. El conjunto escultórico del altar transmite desesperación. Todas las figuras están talladas en tres dimensiones y son observables desde varios ángulos a excepción de una, el Laoconte, la máxima expresión de la fealdad y la angustia. Un curioso desenlace tras siglos de intensa búsqueda del ideal de belleza.

Laoconte
LA PROPORCIÓN ÁUREA
La Proporción Áurea, también conocida como Número Áureo, Sección Áurea o phi, es una proporción geométrica que se conoce desde la Antigüedad. El primero en definirla de forma precisa fue Euclides de Alejandría hacia el año 300 a.C. El padre de la geometría como sistema deductivo formal afirmó que una proporción derivaba de la simple división de una línea en su “media y extrema razón”, lo cual se puede representar de la siguiente manera:

La línea AB es claramente más corta que el segmento AC; del mismo modo, el segmento AC es más largo que el CB. Si la proporción de la longitud de AC con relación a la de CB es la misma que la que existe entre AB y AC, entonces la línea ha sido cortada en media y extrema razón o en Proporción Áurea. El valor preciso de la Sección Áurea (la proporción de AC a CB) es el número infinito e irrepetible 1,6180339887…, que no puede expresarse como una fracción (es inconmensurable).
La Proporción Áurea se encuentra, curiosamente, en lugares tan diversos como en conchas de moluscos, en la forma de las galaxias o en la disposición de las hojas en las plantas. De ahí que tanto historiadores como arquitectos, psicólogos, biólogos y artistas, entre otros, se hayan interesado por ella. En las composiciones musicales, por ejemplo, se utiliza phi para conseguir efectividad auditiva. También parece estar detrás de la construcción de las pirámides egipcias o del Partenón griego y de obras de arte como la Mona Lisa de Leonardo da Vinci o el Sacramento de la última cena de Salvador Dalí.
Fuente: Mario Livio: “La Proporción Áurea. La historia de phi, el número más enigmático del mundo”. Editorial Ariel: Barcelona, 2006.
Ha estat com retornar a aquelles classes d’història de l’art de l’institut… m’ha agradat!!