Víctor se queda mirando el extraño objeto que tiene delante. No entiende cómo con un viejo somier y un mango de una bicicleta, entre otros muchos materiales, se puede inventar un nuevo deporte que combine las técnicas del baloncesto, el ciclismo, el tenis, el billar y el ping-pong. Esto no se parece en nada a los muñecos de superhéroes que se amontonan en los estantes de su habitación. Como él, decenas de niños experimentan con juguetes reciclados una tarde de sábado en la plaza del Ayuntamiento de L’Hospitalet de Llobregat, en Barcelona. Ellos y sus padres, que tampoco pueden reprimir las ganas de toquetearlo todo.
“Nosotros creemos que no todo está inventado, por eso hacemos juegos con cosas viejas, cosas que han tenido una vida útil y que en un momento determinado su antiguo propietario pensó que ya se había acabado y las tiró”. Son palabras de Joan Rovira, de Guixot de 8, una compañía catalana que corre por el mundo con una furgoneta cargada de cacharros que se convierten en juegos como por arte de magia, como les gusta definirse a ellos. Joan es un manitas: selecciona, trocea y ensambla de nuevo los hierros y crea un nuevo objeto. Así es como una bicicleta nueva se convierte en un pájaro, o una espumadera de cocina en un baloncesto pequeño.

Juego de Guixot de 8
El taller que Guixot de 8 tiene en el municipio de Tona, además, está abierto a las escuelas. A través de los talleres, los niños tienen que identificar para qué sirven piezas como una raqueta, una olla o un tapón de butano, para luego buscarles otra utilidad como juego. “Estamos convencidos de que los materiales tienen una vida más larga de la que están hechos”. Una afirmación que no se suele escuchar mucho en los tiempos consumistas que corren. No hay más que ver las colas que somos capaces de soportar en los centros comerciales en estas fechas navideñas por hacernos con el juguete de turno, que dentro de poco ya nos parecerá pasado de moda y querremos renovarlo por otro. Nuevo, claro.
Bien pensado, es absurdo. Y no se trata sólo de tomar conciencia del grave problema que comporta la excesiva generación de residuos que vivimos hoy en día y de la necesidad de reciclar. Se trata de ejercitar un poco la imaginación. ¿Para qué queremos que nuestros hijos se entretengan con una muñeca de plástico fabricada mediante un proceso totalmente insostenible si con cuatro cosas que tengamos por casa pueden construirse el juguete ellos mismos?
Afortunadamente hay gente que, tras esos objetos que desechamos por viejos, ven una utilidad y una inspiración. Son los artistas del reciclaje, que recuperan la belleza en la basura, un reto que ya se plantearon algunas de las corrientes más significativas del siglo XX. En 1913, Marcel Duchamp fijó una rueda de bicicleta sobre un taburete de cocina para ver cómo giraba. La obra, titulada “Rueda de bicicleta”, fue su primer “ready made”, un término que acuñó para designar como objetos de arte aquellos producidos industrialmente. La intención era atacar de raíz el problema de determinar cuál es la naturaleza del arte. “El arte es arte”, decía Duchamp, y por lo tanto, cualquier cosa vale.

Duchamp y su "Rueda de bicicleta"
Más tarde el Pop-Art utilizó objetos cotidianos y desechos, aparentemente sin valor, para simbolizar la creciente desvirtualización y cosificación del ser humano. Así llegaron las latas de conserva convertidas en elementos artísticos de Andy Warhol.

Lata de sopa de Andy Warhol
“Desde entonces”, explica Tanja Grass, presidenta de la Asociación Drap-Art, “la basura ha entrado en el mundo del arte. El artista refleja su entorno. Desde que el objeto se hizo masivo con la industrialización, siempre ha habido artistas que han dialogado con él. Aunque ya lo hiciera Duchamp, el fenómeno no está pasado en absoluto, al contrario, irá creciendo porque cada vez se fabrica más y se tiran más desechos”.
Marta Soriano, todo un referente en el mundo del arte reciclado en nuestro país, está convencida de que el ecoarte será una de las vanguardias más importantes del siglo XXI. “Las épocas van marcadas por el arte, que refleja todo lo que pasa en la sociedad. Ahora estamos inmersos en la crisis de las basuras, así que el arte puede tener una fuerza tremenda. A mí me gustaría transmitir el mensaje de que lo que no nos hemos cargado en miles de años, nos lo estamos cargando en unos pocos. No sé si le pondrán un ‘ismo’, pero lo que está claro es que conforme avancemos más en el siglo, este tipo de arte empezará a tener más salida”.
Antes de adoptar el ecoarte como filosofía de vida, Marta trabajaba como intérprete del equipo técnico de ingenieros alemanes de Seat, todo un paraíso para alguien fascinado por las chatarras. “Me llamaba la atención el motor de los coches por dentro, la belleza de aquellas piezas, y empecé a llevármelas”. Su afición no pasó desapercibida, y pronto recibió el encargo de decorar una planta de la vanguardista fábrica que Volkswagen tenía en Kassel, Alemania. Después llegó el momento de escoger: o continuaba ejerciendo un trabajo que no la motivaba lo suficiente o daba rienda suelta a su capacidad creativa. Y se arriesgó. Hizo las maletas y se plantó en España, donde años más tarde puso en marcha el proyecto Ecoart-Didactic.
Se trata de una asociación sin ánimo de lucro que apuesta por la difusión de nuevas aplicaciones de los desechos para la creación artística, motivada por el afán de sensibilizar a la sociedad sobre temas medioambientales. Marta hace exposiciones de arte con residuos, da conferencias, ha publicado una guía didáctica de educación ambiental, forma a profesorado e imparte talleres a niños y adultos en la sede de Ecoart-Didactic, una casa de madera en plena naturaleza de Sant Genís de Palafolls (Barcelona) que parece sacada de un cuento de hadas.

Marta Soriano
Otro artista que ha decidido convertir su vivienda familiar de La Manganeta, en Almayate (Málaga), en una casa-taller es Eugenio de la Torre. Aunque nació en Ciudad Real, vive allí desde hace 30 años. Es autodidacta y ha dedicado gran parte de su vida al diseño y la decoración, además de ser monitor de talleres dirigidos a adolescentes en situación de fracaso escolar. Trabaja esculturas, murales, pinturas, grabados y estructuras para marquesinas con materiales como maderas, hierros, piedras, cuerdas y pigmentos naturales. Muchos los encuentra paseando por la orilla de la playa, y le inspiran grandes veleros que se pueden ver en las calles de la ciudad.

Eugenio de la Torre trabajando en su casa-taller
“La sociedad y su gran consumo nos da un bárbaro almacén de materiales”, explica Pablo Mateos, el singular creador del barrio madrileño de Carabanchel que se esconde tras el nombre artístico de Crispin. “¡Qué grande es reciclar! Bricks, botellas, latas, tejidos, la conjugación de todos ellos unos con los otros, la misma imagen con diferentes materiales o un mismo material con una consecución de imágenes, todo recuperado y tratado para un arte final comprometido”. De entre sus figuras, de tendencia pop, destacan los juguetes en desuso, sus partes y mecanismos, enriquecidos con pintura. Por ejemplo, una Barbie metida en un cabezudo japonés y que conduce una Vespa. O una vaca azul de Zumosol tira de una plataforma de madera en la que se sienta un dinosaurio.

Trabajo de Crispin
Aunque para juguetes divertidos, los de Olaf Ladousse. El ilustrador, dibujante de cómics, diseñador industrial y músico belga afincado en Madrid fabrica unos pequeños ingenios electrónicos sonoros llamados Doo Rags. Para ello, recicla todo tipo de objetos: latas, pilas, conos de carretera, bidones de agua, juguetes electrónicos, secadores, mini teclados, telefonillos… Los abre y los inspecciona, prueba conexiones accidentales, cambia envases, sustituye resistencias, hasta que consigue alterar el sonido. Es lo que se conoce como “circuit bending”, la acción de manipular aparatos electrónicos recuperados o comprados a un precio muy bajo con fines artísticos. Olaf pone a prueba el resultado de estos instrumentos musicales tan variopintos con su banda Los Caballos de Dusseldorf.

Doo Rag de Olaf Ladousse
Una de las características fundamentales de los artistas del reciclaje es que intervienen en todo el proceso de creación de su obra, desde que recogen el material hasta que lo convierten en arte o artesanía. La lección principal que nos enseñan es que se pueden hacer grandes cosas con los objetos que el resto consideramos residuos. En la compañía barcelonesa Demano recogen, seleccionan y limpian banderolas publicitarias de PVC y las reutilizan para confeccionar bolsos de uso cotidiano únicos. Las artífices de esta idea son las colombianas Liliana Andrade y Marcela Manrique: “Viniendo de un país donde no se tira nada y donde el nivel de desperdicio es mínimo, era fácil que nos llamara la atención la cantidad de material publicitario de desecho. Creemos que las ciudades tienen un alto porcentaje de material de desecho que puede ser reutilizable”.
La buena acogida que el arte del reciclaje está teniendo entre la sociedad se plasma en la proliferación de festivales en los últimos años. Del 19 al 21 de este mes, Barcelona celebra la quinta edición de DRAP-ART, que gira su atención al mundo de la sostenibilidad y el reciclaje creativo mediante una exposición colectiva de artistas, las intervenciones en el espacio público, el mercado de arte y diseño de productos reciclados, los espectáculos, la muestra de cine medioambiental, el espacio de reflexión y los talleres de reciclaje intercultural. Según explica la presidenta de la asociación, Tanja Grass, este año cuentan con la presencia de artistas de la talla de Kasten Bott, que “hace archivos de objetos cotidianos como carteles electorales o enanos de jardín para enfrentar a la sociedad con sus desechos”. El alemán se ha instalado previamente en la ciudad condal para recoger basura “foránea”…
En Madrid existe una iniciativa similar. El colectivo Basurama, nacido en la Escuela de Arquitectura, estudia la generación de desechos, sus implicaciones y las posibilidades creativas que suscitan. Se trata de un evento pluridisciplinar en el que se desarrollan simultáneamente actividades dispares (talleres, ponencias, conciertos, proyecciones, concursos) con un objetivo común: reflexionar sobre nuestra forma de explotar los recursos.
TENIS DE BOLSILLO

Tenis de mesa de Guixot de 8
Descripción: Juego de habilidad y destreza pensado para dos jugadores. El espacio es como una pista de tenis dividida en dos por una red. Cada campo dispone de una rampa para lanzar la bola metálica imantada, y se trata de impulsarla para que llegue al campo contrario. El ganador será el primero que consiga hacer saltar las bolas al campo contrario.
Materiales: Tienen que respetar las leyes del magnetismo, que son la base del juego. En este caso, se ha utilizado aluminio de una bandeja de macarrones, pero también puede servir un fregadero o un cajón de madera viejo.
Dónde conseguirlos: El mecánico te puede conseguir un cojinete, que está lleno de bolas metálicas. Cortándolo por la mitad tendrás 8 o 10. Los imanes los puedes conseguir de los altavoces del equipo de música de casa o de un coche (al fondo de la trompeta que hay dentro). El cajón viejo lo puedes localizar en los circuitos de recogida de trastos viejos.
Construcción: Cogemos un cajón viejo que sea bien grueso y que disponga de una superficie plana, lisa, no férrica. Hay que cortar una pieza de madera del mismo ancho que el cajón y engancharla con cola a la pared del mismo para separar el terreno de juego en dos partes iguales. Para construir las dos rampas de acceso podemos utilizar un rectángulo de madera cortado por la mitad en diagonal para que sean iguales. Las podemos colocar conde queramos, pero teniendo en cuenta que hay que dejar un espacio para tomar impulso. Como la mano corre por debajo del terreno de juego con el mando bien cogido, la pista tiene que estar elevada con unos pies que nos dejen espacio suficiente para mover el brazo.
Fuente: Guixot de 8.