Publicado en Muy Historia en mayo de 2008
Cuentan testimonios de la época que cuando Juana la Loca, conocida por sus problemas mentales, se entrevistó por primera vez con su prometido, Felipe, quedó absolutamente fulminada de amor. Algo difícil de comprender teniendo en cuenta que el futuro rey de España, apodado no se sabe muy bien por qué el Hermoso, era feo de remate. De aspecto físico bastante vulgar –dientes podridos y labio inferior caído-, constantemente se le desencajaba una de las rótulas, que él mismo recolocaba.
Ésta es tan sólo una de las anécdotas de las que no salen en los libros de Historia con los que nos instruyen en las escuelas. Seguro que ya pocos somos capaces de recitar la lista de los reyes visigodos al completo. Sin embargo, recreamos sin problemas historietas como la que vendrá a continuación, digna de un culebrón de sobremesa de cualquier cadena televisiva. Jugarretas de nuestro cerebro…
Isabel y Fernando, un matrimonio muy poco católico
Los padres de Juana la Loca, los Reyes Católicos, fueron supuestamente unos grandes defensores de la fe y las instituciones de la Iglesia. Pero lo cierto es que el papa Paulo II decretó su excomunión. Isabel de Castilla y Fernando de Aragón no podían casarse debido a su próximo grado de consanguinidad. Ante la negativa del hermano de ella, el rey Enrique IV, de solicitar una dispensa papal –era contrario a la unión-, los jóvenes inventaron todo tipo de argucias. Llegaron a falsificar una dispensa emitida años antes para otras personas con la firma del rey. Fue así como lograron celebrar ilegalmente la boda, pasando a vivir en situación de concubinato.
Fruto de la relación nacerían cinco hijos: Isabel, Juan, Juana, María y Catalina. Isabel de Castilla era una mujer inteligente y sufridora, jamás se permitió mostrar en público sus sentimientos y debilidades. En sus partos, que fueron complicados, se cubría la cara con un velo para que nadie pudiera apreciar el más mínimo gesto de dolor. Tenía un carácter tan temperado, que siempre comía sola y en silencio, con tres damas arrodilladas que le iban alcanzando la comida.
Fernando de Aragón, en cambio, se daba a todo tipo de placeres, sobre todo carnales… Sus relaciones esporádicas con mujeres –que le darían cuatro hijos bastardos- eran de sobras conocidas por todos, incluso por su mujer, con la que tenía violentas discusiones delante de los niños, a pesar de su obsesión por guardar las formas. En ocasiones ella castigaba a su marido negándose a tener sexo con él hasta que no considerara el pecado redimido.
Tras la muerte de Isabel en 1504, el monarca contrajo matrimonio con Germana de Foix, sobrina de Luis XII de Francia, que entonces contaba con 17 años. Si hubiera nacido un niño de aquel enlace, habría heredado la corona. Pero no fue así. Fernando falleció en 1516, dejando como regente al cardenal Cisneros en espera de la llegada desde Flandes de su nieto Carlos.
La joven viuda Germana simpatizó con su nietastro Carlos I (V en el orden de los emperadores) desde el primer momento y acabó traspasando la mera barrera familiar. El rey ordenó construir un puente entre su caserón y el de su amada, que estaba justo enfrente. Las visitas culminaron con el nacimiento de la pequeña Isabel, que fue criada en el más absoluto secreto.
Después de la pasión inicial, Carlos no dudó en quitarse de encima a Germana casándola en dos ocasiones con insignificantes personajes. La francesa, que había sido nombrada virreina de Valencia, dejó en su testamento un collar de 133 perlas a “la serenísima doña Isabel, Infanta de Castilla, hija de la Majestad del Emperador, mi señor e hijo, y esto por el sobrado amor que tenemos a Su Alteza”. El secreto había quedado al descubierto…
Los escándalos de Amadeo, el “Rey Caballero”
La insaciable busca y captura de jóvenes damas fue durante siglos una práctica habitual de los soberanos. Todavía en el XIX nos encontramos con historietas y chismes sobre infidelidades reales, como la del siempre ávido de féminas Amadeo. El llamado “Rey Caballero” nació en Turín en 1845, hijo de Víctor Manuel II, rey de Piamonte-Cerdeña. En una España marcada por la inestabilidad política, el general Prim consiguió que las Cortes votasen por Amadeo como nuevo monarca.
Fue así como el joven apuesto llegó a nuestro país, dejando temporalmente en Italia a su mujer, María Victoria del Pozzo, conocida como “la Rosa de Turín”, y a sus dos hijos. Durante el día, Amadeo se mostró como un gran político, conocedor de las leyes y fiel a la Constitución. Cuando caía la noche, convertido en “Don Macarroni I”, salía “de caza” por los cafés de las oscuras calles madrileñas en busca de escarceos amorosos.
Una de las aventuras más sonadas fue la que mantuvo con Adela de Larra y Wetoret. La hija del famoso escritor, diez años mayor que el soberano y probablemente casada, era una guapa mujer morena a la que todos llamaban “la Dama de las Patillas” por los dos espesos mechones de pelo que le caían por el rostro. Amadeo no dejaba de frecuentarla. A ella y a muchas otras…
En una ocasión, una bella cantante de ópera italiana cantó en Palacio. Al final del recital, Amadeo le hizo proposiciones indecentes y ella marchó enojada, pero con un cheque de 30.000 en la mano. Los periódicos de entonces publicaron que el rey añadió un cero más a la cifra y que entonces la artista decidió pasar a cobrar el cheque en efectivo. En Santander Amadeo se acostó con la mujer de un corresponsal del diario londinense Times en la cabaña de un pescador. Cuando Adela se enteró, amenazó con publicar todas las cartas que le había escrito el rey. El episodio se zanjó amenazándola con una pistola en la sien, entregándole una sustanciosa suma de dinero y expulsándola de la capital.
Los escándalos acerca del rey fueron sumándose hasta el punto de que sus adversarios airearon un turbio asunto. Años atrás supuestamente lo habían pillado en un parque público de Turín manteniendo relaciones sexuales con un niño. Dos años aguantó Amadeo en España, abdicó porque, según él, los españoles eran “ingovernables”. Y de Madrid a Lisboa, donde se interesó por una cantante de fados…
El Sabio y el Hechizado: la magia entra en la corte
Son historias poco extendidas, pero lo cierto es que en la biografía de algunos soberanos encontramos pinceladas de su gusto por la magia y su creencia en la superstición. Tal es el caso de Alfonso X el Sabio o de Carlos II el Hechizado. El primero fue uno de los personajes más importantes de la Edad Media porque su reinado estuvo marcado por el esplendor de la cultura.
Alfonso descendía de una estirpe “sagrada”, según él, por parte de ambos progenitores, Fernando III el Santo y Beatriz de Suabia. De pequeño acompañaba a su padre en su particular cruzada contra los infieles musulmanes. En una de las expediciones bélicas creyó tener una visión celestial: fue testigo de la aparición del apóstol Santiago con una espada en la mano encabezando una legión de blancos caballeros.
Los problemas psicológicos de Alfonso no hicieron más que aumentar con la edad. Sufrió depresión, ansiedad, miedo y cambios repentinos de humor que le llevaron a ordenar la muerte sin motivo aparente de diferentes personas, incluido su hermano don Fadrique. Su hijo le llamaba “loco” y “leproso”, quizás por su repugnante aspecto físico: ojos fuera de órbita, úlceras en la nariz, tumor maxilar, póstulas en las piernas…
El sobrenombre de el Sabio se lo ganó por impulsar la cultura como nunca antes lo había hecho nadie. Se rodeó de los mejores juristas, traductores y eruditos de su tiempo y a su corte acudían sabios de todas las nacionalidades de las tres grandes religiones –judíos, cristianos y musulmanes-. A Alfonso X le apasionaba la magia, la alquimia, la astrología, la astronomía y las ciencias ocultas en general. Estaba convencido de la influencia de los astros en las personas y de que a través de ellos se podía leer el futuro. Estudió las cualidades benéficas o perjudiciales de las piedras y los minerales y los influjos que ejercen sobre ellos los signos zodiacales. En cuanto a la cábala, el simbolismo de los números, en especial el número 7, estuvo siempre presente en sus tratados. Algunos de ellos lo contenían en su título –el Setenario o Las siete partidas-, que además solían estar divididos en siete partes.
Carlos II, por su parte, poseyó una botica en la que tuvieron especial importancia los medicamentos “mágicos” debido a sus creencias de tipo sobrenatural y a su delicada salud. Un ejemplo: las astas de unicornio, que supuestamente tenían propiedades terapéuticas. Por entonces se creía en la existencia de este animal, y no faltaban los farsantes que engañaban a los monarcas vendiéndoles el preciado producto a cambio de una desorbitada suma de dinero. O también las pezuñas de la Gran Bestia: uñas de las patas traseras izquierdas de los alces, que servían para rascarse cuando se tenían convulsiones. También se sabe que el monarca buscaba el elixir de la vida para acabar con su maltrecho estado de salud.
Desde el mismo instante de su nacimiento, Carlos II había padecido todo tipo de enfermedades. A los tres años todavía no andaba y los huesos de su cráneo no se habían cerrado; a los cuatro seguía mamando, un total de 14 amas le sirvieron. Su aspecto era tan deplorable que su padre prohibió mostrar al niño en público. Ya siendo mayor, pactaron su boda con María Luisa de Orleáns, sobrina del rey francés Luis XIV. Cuentan que de camino a España, María Luisa, que conocía el semblante de su futuro esposo por los retratos que le habían hecho llegar, intentó retrasar el avance de la comitiva para evitar el encuentro. Carlos no consiguió tener hijos ni con ella ni con su segunda esposa.
Quizás por todos estos infortunios creyó los rumores que decían que había sido hechizado. El 1698 puso el caso en manos del inquisidor general, fray Tomás de Rocaberti, y de su confesor real, fray Froilán Díaz, quienes decidieron pasar a la acción convencidos de la influencia del maligno sobre el monarca. Así lo corroboró un exorcista asturiano después de practicarle el debido ritual a Carlos II. Concluyó que había sido hechizado doblemente cuando tenía 14 años disolviéndole en el chocolate los sesos de un hombre muerto para que enfermara y los riñones para que no pudiera engendrar. Aquellas sesiones de exorcismo duraron años, hasta que Carlos II el Hechizado se dio cuenta del timo. Más que nada porque seguía postrado gravemente enfermo en su lecho de muerte.
La historia de un corazón conservado en alcohol
Pero para muertes sonadas las de María Antonieta y su hijo Luis XVII. La biografía de la reina es de sobras conocida, tanto por los innumerables libros que se han dedicado a su figura como por el éxito de la reciente película de Sofia Coppola. La archiduquesa María Antonieta nació en Viena en 1755 y se convirtió, primero en delfina y luego en reina, de Francia, por su enlace pactado con Luis XVI. Siempre estuvo más preocupada de sus peinados y sus vestidos, de las fiestas y de los juegos de azar, que del gobierno del país, al igual que su esposo, gran aficionado a la caza. De hecho, ni siquiera se preocuparon de consumar el matrimonio para tener descendencia hasta siete años después de casados. Entonces se sucedieron los hijos: María Teresa, Luis José –del que se dice que es bastardo-, Luis Carlos y Sofía Beatriz.
Estas fueron algunas de las circunstancias que llevaron al pueblo francés, sumido en la más absoluta miseria, a la Revolución. Primero celebran la ceremonia de los Estados Generales, y luego se amotinan en la prisión parisina de la Bastilla. Muere el delfín Luis José y su padre, Luis XVI, es separado de su familia, sentenciado a muerte y guillotinado en 1793. Los monárquicos proclaman rey a su hijo Luis, que con sólo 8 años, apenas sabe leer y escribir.
María Antonieta también es procesada y condenada a morir en la guillotina. Durante el proceso, obligaron al pequeño Luis a declarar contra su madre, acusándola de incitarle a la masturbación y de obligarle a practicar juegos sexuales. Un día, mientras esperaba el día de su muerte encerrada en la prisión del Temple, María Antonieta se dio un fuerte golpe contra la herida del techo y se hizo una herida que no paraba de sangrar. A la pregunta de los guardias de si se había hecho daño, contestó: “No, ahora ya no hay nada que pueda hacérmelo”. También cuentan que cuando estaba a punto de ser ejecutada, se tropezó subiendo al cadalso y pidió perdón al verdugo que iba a cortarle la cabeza.
A partir de entonces, la suerte de Luis XVI estuvo rodeada de misterio y leyendas varias. Los revolucionarios lo mantuvieron en la prisión en condiciones infrahumanas, postrado en una cama y con enfermedades respiratorias. Oficialmente murió en 1795, a los 10 años de edad, de tuberculosis, pero también corría el rumor de que había logrado escapar y coger un barco rumbo a Argentina. La lista de las personas que se han erigido en herederos legítimos del trono desde esa fecha asciende a 43. Todos ellos argumentaban algún tipo de parentesco con aquel pobre niño con la intención de restaurar la monarquía en Francia.
Los historiadores han estado haciendo conjeturas hasta entrado nuestro siglo, cuando un análisis de ADN ha puesto la verdad sobre la mesa. Luis XVI murió, en efecto, en la prisión del Temple de París. ¿Cómo se ha sabido? Su corazón se conservó en un frasco con alcohol y fue pasando de mano en mano, de ciudad en ciudad, durante más de doscientos años. Los científicos que lo analizaron lo compararon con un mechón de pelo de María Antonieta que fue enviado a sus familiares cuando la ejecutaron y también, por si las moscas, con muestras de los auténticos descendientes de Luis XVI todavía vivos. El parentesco quedó confirmado y el asunto, definitivamente zanjado.
FELIPE II
Tan prudente, que no tenía pasiones
Frío e inapetente, así era Felipe II, el “Rey Prudente”. No mostró ningún tipo de emoción con ninguna de las cuatro esposas que tuvo. Con la primera, María Manuela de Portugal, retrasó la consumación del matrimonio arguyendo que tenía sarna en sus extremidades. Más tarde fructificó en el nacimiento del desgraciado príncipe Carlos, que se mostró débil física y mentalmente hasta el día su prematura muerte.
La segunda fue María Tudor, su tía, reina de Inglaterra, doce años mayor que él, extremadamente delgada, arrugada, la dentadura podrida y calva. En la corte inglesa, la llamada “Bloody Mary” (“María la Sanguinaria”) por las ejecuciones que ordenó contra los protestantes, era “superior” a su marido. Felipe no podía intervenir en los asuntos del país, tenía que sentarse más bajo que ella y comía con vajilla de plata –la de ella era de oro. María tuvo varios embarazos histéricos, pero en verdad estaba incapacitada para engendrar.
Con su tercera esposa, que era la prometida de su hijo Carlos, el rey tuvo dos niñas. Con 42 años, afectado por la gota y todavía sin un descendiente al trono, se casó con una sobrina, con la que tuvo seis hijos, afortunadamente cuatro de ellos varones.
Felipe II siempre fue un apasionado de la alquimia, el hermetismo y las ciencias ocultas. Lo demuestran varios detalles del colosal proyecto arquitectónico que encargó para reflejar el Cielo en la Tierra: el monasterio de El Escorial.
ENRIQUE VIII
El decapitador de mujeres
Rey de Inglaterra perteneciente a la dinastía Tudor, se erigió en contra de la reforma protestante lanzada por Lutero en 1520. Además de someter por entero a la Iglesia a la autoridad real, pasó a la Historia por decapitar a X de sus seis mujeres.
La primera fue Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y viuda del propio hermano del rey. No consiguió colmar las esperanzas del rey de tener un hijo varón: después de varios abortos, dio a luz a una niña, María. Enrique VIII declaró nulo su matrimonio, rebajó a ilegítima a María y se casó con su amante y dama de honor de Catalina, Ana Bolena, a la que nombró reina. Pronto se deshizo de ella acusándola de adulterio y brujería y fue ejecutada junto con sus supuestos amantes. A su hija en común, Isabel, la apartó de la línea sucesoria.
Con Jane Seymour por fin tuvo un hijo, Eduardo, pero tras la muerte de su esposa en el parto y la delicada salud del príncipe, volvió a casarse con Ana de Cleves. Consiguió anular el matrimonio argumentando que no se había consumado. La cuarta esposa, Catalina Howard, corrió la misma suerte que su prima, Ana Bolena, y con 18 años fue ejecutada por adúltera.
Y a la sexta va la vencida. Su nueva esposa, la rica viuda Catalina Parr, fue la única que le sobrevivió. Enrique VIII murió en 1547 exageradamente obeso, enfermo de gota y sifilítico. La corona fue heredada por su único hijo varón, Eduardo VI, que entonces contaba con 9 años.